Trastorno por Atracón o Binge Eating Disorder (BED)

El trastorno por atracón es un trastorno de la conducta alimentaria que se define por la presencia regular de atracones, como mínimo una vez a la semana durante un periodo de tres meses. Estos atracones son vividos con falta de control y mucho malestar emocional, pero, a diferencia de lo que ocurre en otros trastornos alimentarios, estos atracones no se intentan compensar con conductas como el vómito, el ejercicio físico, la ingestión de laxantes o la práctica del ayuno.

Trastorno por atracón

Trastorno por atracón

Prevalencia del trastorno por atracón

Aunque quizás sea el menos conocido de los trastornos alimentarios, es el más frecuente, ya que supera con creces a la anorexia nerviosa y a la bulimia nerviosa, al menos entre las adolescentes. Estaríamos hablando de una prevalencia del 2 por ciento de la población general, y de un 3,5 por ciento de la población femenina joven o adolescente; es decir, el trastorno por atracón estaría afectando en España actualmente a unas 350.000 mujeres.

Si nos centramos en las diferencias en cuanto a prevalencia entre hombres y mujeres, en este trastorno son mínimas, ya que las cifras encontradas son equivalentes en ambos sexos y sólo algo superiores en mujeres, mientras que en la anorexia nerviosa sólo encontramos un hombre por cada nueve mujeres afectadas.

Cabe añadir que este trastorno es más frecuente entre personas obesas, y llega a observarse en un 30 por ciento de las personas que se someten a algún tipo de tratamiento de control de peso.

    • El trastorno suele comenzar hacia los 20 años, aunque es más frecuente en personas de entre 30 y 50 años, pero puede tener lugar en cualquier etapa vital, y presenta características muy similares independientemente de la edad, incluso en personas mayores de 65 años.

Hay que puntualizar que estas cifras constituyen tan sólo una estimación de la prevalencia de dicho trastorno, ya que los pacientes afectados por un trastorno por atracón no acostumbran a solicitar ayuda a profesionales de la salud, y son mínimos los que acaban recibiendo un tratamiento específico. Existen diferentes motivos para ello:

  • Existe una falta de conciencia de enfermedad, ya que se acostumbra a pensar que comer compulsivamente o darse atracones no es algo patológico, sino una forma de alimentarse.
  • Mucha vergüenza por tener que explicar a alguien que se da atracones (que acostumbran a ser siempre a escondidas), y tener que contarlo también a sus personas más allegadas.
  • Falta de conocimiento de que exista un tratamiento eficaz para lo que les pasa.
  • Experiencia previa con algunos profesionales, que al ser informados de la presencia de atracones se limitan a administrar dietas para controlar el peso y no a realizar una exploración psicopatológica.

En qué casos puede diagnosticarse un trastorno por atracón

Darse un atracón no es la única condición necesaria para decir que estamos ante un trastorno. Tenemos noticias de comedores compulsivos desde hace siglos: los libros de historia y las películas con frecuencia nos muestran los banquetes de los antiguos griegos y romanos, en los que incluso llegaban a provocarse el vómito para después poder seguir comiendo. Pero estas comidas constituían actos sociales, como podrían ser en la actualidad nuestras celebraciones de bodas, banquetes o reuniones familiares, muy lejos de las características necesarias de descontrol, insatisfacción y frecuencia que definen el trastorno por atracón.

Ya en la década de los 50 del siglo pasado, Hamburger hablaba de un tipo de sobreingesta en personas obesas caracterizada por un deseo compulsivo por la comida vivido como incontrolable. En los años 70 se identificó el “síndrome de atiborramiento” (stuffing síndrome), caracterizado por hiperfagia, malestar emocional y depresión.

En los años 80 se registraron numerosos casos de personas que presentaban atracones y no los compensaban con vómitos, ayunos, ejercicio extremo ni otras conductas, y aquí se empezó a hablar de un trastorno diferente a la bulimia nerviosa, con el que compartía la presencia de episodios de atracón. Se empezó a hablar de un trastorno denominado binge eating o compulsive overeating y que en España se empezó a traducir inicialmente como “sobreingesta compulsiva”.

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Más de treinta años después, en el año 2014, las numerosas evidencias clínicas sobre el trastorno por atracón, han llevado a incluirlo en los manuales de diagnóstico como un trastorno con entidad propia. Para poder decir que estamos ante este trastorno es necesario que se cumplan los siguientes criterios (APA, 2014):

Episodios recurrentes de atracones. En estos atracones se ingerirá una cantidad de alimentos claramente superior a la que la mayoría de personas ingerirían en circunstancias parecidas. Además deben ir acompañados de una sensación de falta de control sobre lo que se ingiere, ya sea en el sentido de no poder parar de comer o no controlar lo que se ingiere.
Los episodios de atracones se asocian a tres o más de los siguientes puntos:
Comer más rápidamente de lo normal.
Comer hasta sentirse desagradablemente lleno.
Comer grandes cantidades cuando no se siente hambre.
Comer en soledad por la vergüenza de comer cantidades tan grandes.
Sentirse después disgustado, deprimido o muy avergonzado.
Malestar muy intenso respecto a los atracones.
Los atracones se producen al menos una vez a la semana durante tres meses.
El atracón no se compensa de forma inadecuada (como en el caso de la bulimia).

Cuál es la secuencia habitual de un episodio de atracón

El comportamiento de atracón nace dentro de un estilo de alimentación alterado, normalmente condicionado por una situación de sobrepeso u obesidad previa que se intenta solucionar mediante alguna dieta que normalmente acaba teniendo poco éxito, lo que suele llevar a la persona a sentirse ineficaz y con una permanente insatisfacción con su conducta y su poca “fuerza de voluntad”, así como una sensación cada vez más marcada de hambre y de comer en grandes cantidades “alimentos prohibidos” en las dietas.

Normalmente algunos de los factores que acaban desencadenando un episodio de atracón serían bien encontrarse solo y aburrido, y tener a mano comida apetecible; o bien romper alguna de las reglas impuestas por las dietas (por ejemplo no comer carbohidratos). Cuando una regla se ha roto y se ha ingerido el alimento que se consideraba prohibido, se produce un abandono y un descontrol, y se acaban ingiriendo cantidades desmesuradas de éste y otros alimentos disponibles.

Pero después del atracón aparece una fuerte sensación de culpa, ineficacia e insatisfacción personal, que reinicia el ciclo y que acabará llevando a mantener la habitual, irregular e ineficaz dieta, que desembocará en un nuevo atracón. Ya creado este “caldo de cultivo” de un nuevo atracón, cuándo, cómo y dónde se iniciará dependerá de múltiples variables, tanto de la persona como de las situaciones en que se pueda encontrar.

Comorbilidad y calidad de vida

[su_note note_color=”#f6e1f8″]El trastorno por atracón suele presentarse junto con algunas patologías psiquiátricas: el 60 por ciento de los pacientes con este trastorno llegan a padecer un trastorno depresivo mayor y una elevada ideación suicida; el 21 por ciento de las mujeres padecen también un trastorno por estrés postraumático; también se ha hallado una mayor prevalencia de trastornos de personalidad y de consumo de drogas legales e ilegales.[/su_note]

En cuanto a su comorbilidad con patologías orgánicas, en los pacientes con trastorno por atracón son frecuentes alteraciones en los patrones de sueño (su sueño es menos eficaz y reparador y se despiertan con frecuencia durante la noche), así como diabetes, hipertensión y riesgos cardiovasculares.

Su calidad de vida también es peor que la de la población general, especialmente en aquellos pacientes obesos, ya que esta obesidad afectaría de forma importante a su funcionalidad física, y el trastorno alimentario a su funcionalidad psicológica, lo que tendría una importante repercusión en su salud global.

Si este trastorno no se trata de forma eficaz y se mantiene a largo plazo, puede tener una serie de consecuencias tales como problemas de adaptación al rol social, aumento de la morbilidad médica, aumento de la mortalidad, mayor uso de los servicios médicos, aumento del riesgo de ganar peso y de desarrollar obesidad.

Como sensación de hambre o necesidad de comer alimentos en gran cantidad.

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